viernes, 1 de marzo de 2013

Aquél del que nadie sabe, aquél del que nadie habla



            Saludos una vez más, lectores, y bienvenidos a mi simple pero acogedor rincón.  Hoy estoy algo perezoso, así que he decidido regalaros otro pasaje  de “El libro del corazón olvidado”. Lo único es que me resulta pesado escribirlo todo desde el libro, puesto que por Internet no lo encuentro por ningún lado.

            “Aquél  del que nadie sabe, aquél del que nadie habla”

            Era un lugar desconocido, jamás visitado, jamás visto. Descansando sobre un desierto gris, monótono y devastado, se observaba la imponente estructura. Una cúpula de piedra azul, sobria y seca. No fue creada para ser contemplada, y los lujos son innecesarios en este lugar.

            El interior, de la misma magnificencia y sobriedad que la fachada, se envuelve en una espesa oscuridad. No es necesario iluminar aquello que no necesita ser observado, y que nunca va a serlo. Si algún ser se parara en su interior, tras horas en las que acostumbrarse a la tenue iluminación y al silencio, podría asegurar ver un destello de luz instantáneo, un dedo azulado girando en el aire, un ojo parpadeando a una velocidad vertiginosa, y al mismo tiempo lentamente. Para él, aquél del que nadie sabe, aquél del que nadie habla, el tiempo no es importante, pues este le obedece y se mueve a su orden.

            Pero él esta allí, siempre. Un ser delgado y esbelto, con la piel de un color azul intenso, monótono. Sus extremadamente largos dedos, rematados con uñas negras y pulcras, se mueven con precisión milimétrica. Su delicado cuerpo, completamente desnudo, se desplaza a un ritmo difícil de definir en el tiempo y en el espacio, pues este cambia a su alrededor con la misma facilidad que una mariposa levanta el vuelo. Su cabeza ovalada, libre de pelo y mácula, destaca por sus abultados ojos amarillos, que se mueven atentos pero sin derrochar energía. Nadie puede observarle, pero si fuera posible, verían cómo realiza su labor con meticulosa dedicación.

            A sus ojos, la sala esta repleta de miles de millones de pequeñas luces, parpadeando tímidamente.  Cada una de ellas  es una historia, una vida. Una persona que siente, vive, y lucha por sus sueños. Aquél del que nadie habla lo sabe, pues su labor es ordenar esas pequeñas luces, con paciencia y riguroso esfuerzo. Mueve los pequeños faros, mezcla unos con otros, para conseguir los propósitos del mundo. Él, aquél del que nadie sabe, es el que mueve la vida, el que decide cada relación, cada amor, cada amistad, cada traición. No es su voluntad la que dicta las órdenes, él sólo obedece aquello que el tiempo y el espacio le indican.

            A veces, se detiene unos momentos que bien duran eones, bien duran segundos, a observar. Contempla desde su prisión azul una de las infinitas luces. Sostiene entre sus manos esa vida, contemplando todos los aspectos que para él son desconocidos. Se asombra con el torrente de emociones que surgen de ella, con el amor, el miedo, la traición.  En el fondo, envidia aquello que se mueve entre los hilos que él controla, desearía poder sentir, desearía poder ser una luz más en el mundo.

            Pero él, aquél del que nadie sabe, aquél del que nadie habla, es consciente más que nadie de que no es posible. Él es el tiempo, él es el espacio,  su trabajo eterno tiene que ser llevado a cabo, y no hay nadie más que pueda hacerlo.

            Ese observador ficticio nunca existirá. Nadie contemplará la labor que se lleva a cabo dentro de la cúpula de piedra azul. Pues él, es aquél del que nadie sabe, es aquél del que nadie habla, es aquél que nunca vivirá.

1 comentario:

  1. ¿No puede salir de su prisión? Qué pena que anhele tanto sentir y ser una luz en el mundo y permanezca encerrado para siempre controlando hilos para el bien de los demás...¿y su propio bien? ¿No es importante? Este libro es un poco triste

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