Saludos una vez más, lectores, y
bienvenidos a mi simple pero acogedor rincón.
Hoy estoy algo perezoso, así que he decidido regalaros otro pasaje de “El libro del corazón olvidado”. Lo único
es que me resulta pesado escribirlo todo desde el libro, puesto que por
Internet no lo encuentro por ningún lado.
“Aquél del que nadie sabe, aquél del que nadie
habla”
Era un lugar desconocido, jamás
visitado, jamás visto. Descansando sobre un desierto gris, monótono y
devastado, se observaba la imponente estructura. Una cúpula de piedra azul,
sobria y seca. No fue creada para ser contemplada, y los lujos son innecesarios
en este lugar.
El interior, de la misma
magnificencia y sobriedad que la fachada, se envuelve en una espesa oscuridad.
No es necesario iluminar aquello que no necesita ser observado, y que nunca va
a serlo. Si algún ser se parara en su interior, tras horas en las que
acostumbrarse a la tenue iluminación y al silencio, podría asegurar ver un
destello de luz instantáneo, un dedo azulado girando en el aire, un ojo
parpadeando a una velocidad vertiginosa, y al mismo tiempo lentamente. Para él,
aquél del que nadie sabe, aquél del que nadie habla, el tiempo no es importante,
pues este le obedece y se mueve a su orden.
Pero él esta allí, siempre. Un ser
delgado y esbelto, con la piel de un color azul intenso, monótono. Sus
extremadamente largos dedos, rematados con uñas negras y pulcras, se mueven con
precisión milimétrica. Su delicado cuerpo, completamente desnudo, se desplaza a
un ritmo difícil de definir en el tiempo y en el espacio, pues este cambia a su
alrededor con la misma facilidad que una mariposa levanta el vuelo. Su cabeza
ovalada, libre de pelo y mácula, destaca por sus abultados ojos amarillos, que
se mueven atentos pero sin derrochar energía. Nadie puede observarle, pero si
fuera posible, verían cómo realiza su labor con meticulosa dedicación.
A sus ojos, la sala esta repleta de
miles de millones de pequeñas luces, parpadeando tímidamente. Cada una de ellas es una historia, una vida. Una persona que
siente, vive, y lucha por sus sueños. Aquél del que nadie habla lo sabe, pues
su labor es ordenar esas pequeñas luces, con paciencia y riguroso esfuerzo.
Mueve los pequeños faros, mezcla unos con otros, para conseguir los propósitos
del mundo. Él, aquél del que nadie sabe, es el que mueve la vida, el que decide
cada relación, cada amor, cada amistad, cada traición. No es su voluntad la que
dicta las órdenes, él sólo obedece aquello que el tiempo y el espacio le
indican.
A veces, se detiene unos momentos
que bien duran eones, bien duran segundos, a observar. Contempla desde su
prisión azul una de las infinitas luces. Sostiene entre sus manos esa vida,
contemplando todos los aspectos que para él son desconocidos. Se asombra con el
torrente de emociones que surgen de ella, con el amor, el miedo, la traición. En el fondo, envidia aquello que se mueve
entre los hilos que él controla, desearía poder sentir, desearía poder ser una
luz más en el mundo.
Pero él, aquél del que nadie sabe, aquél
del que nadie habla, es consciente más que nadie de que no es posible. Él es el
tiempo, él es el espacio, su trabajo eterno
tiene que ser llevado a cabo, y no hay nadie más que pueda hacerlo.
Ese observador ficticio nunca
existirá. Nadie contemplará la labor que se lleva a cabo dentro de la cúpula de
piedra azul. Pues él, es aquél del que nadie sabe, es aquél del que nadie
habla, es aquél que nunca vivirá.
¿No puede salir de su prisión? Qué pena que anhele tanto sentir y ser una luz en el mundo y permanezca encerrado para siempre controlando hilos para el bien de los demás...¿y su propio bien? ¿No es importante? Este libro es un poco triste
ResponderEliminar