Hoy, he vuelto a pasear con ella. He vuelto a coger su mano, siempre caliente y
suave. Sus ojos brillaban con luz propia, llenando mi mundo de su azul
embriagador, alimentando mi felicidad. Paseábamos por la orilla del muelle, como hacíamos
antes. El Sol estaba poniéndose en el horizonte, con la estela rojiza bañando
su rostro. Aquel rostro al que nunca me canse de mirar, la piel clara y
perfecta, esa nariz respingona, capaz de alegrar mi vida con solo mirarla. Sus
ojos, que me observaban desde su mundo
de cristal, atraviesan mi alma sin
pestañear, solo bondad, tocan todas las
fibras de mi ser y me convierten en mejor persona. Y su sonrisa, de agua
cristalina y rosas, es todo lo que
necesito para vivir.
Avanzamos lentamente, pues no hay prisa para quién
lo tiene todo en un instante. Su vestido blanco ondea al viento, y su hermosa
cabellera rubia se mece al son de la música del mundo, presa de su caprichoso
deseo. Me habla, y es capaz de hacerme
apreciar todas y cada una de las cosas que me rodean, cosas que de normal me
pasan desapercibidas. No quiero que el
momento termine. Aquel muelle, aquel atardecer, aquella sonrisa cautivadora,
aquellos ojos de ángel, son solo para mí, son mi sueño, mi realidad.
Pero siempre termina. El sol se apaga, como su
mirada. El pelo deja de bailar y queda inerte, como mi corazón. Todo deja de
brillar y se oscurece… como mi mundo.
La realidad me golpea con la misma fuerza de
siempre. Mi cama esta fría, y es demasiado grande para una sola persona. La
fuerza de la costumbre empuja mi brazo hacía el lado que se de antemano que
esta vacío. Me levanto y me miro en el espejo, esperando ver un rostro risueño
al lado del mío. Aún después de tanto tiempo, sigo esperando el milagro, que
nunca llega.
Lavo mi rostro y me visto. Hoy es domingo,
pasaré por la floristería, donde ya saben lo que voy a pedir. Siempre me
arreglo, aunque se que nadie me verá. El
camino es sencillo, mis pies se dirigen solo. Nunca le gustaron los tumultos,
siempre prefirió la soledad, y le encantaba el prado de las afueras.
El dolor inunda mi corazón con la fuerza de un
ciclón a medida que me acerco. Es gris, bien pulida, y descansa sobre un lecho
de suave hierba de un intenso verde.
El viento se lleva las flores todas las
semanas, pero no me importa traer nuevas cada vez que vengo. Respiro hondo,
mientras siento como se me humedecen los ojos. Nadie me dijo que la vida fuera
justa, pero nada te prepara para perder todo tu mundo.
Siento alguien detrás de mí, como siempre.
Siempre creo oír una cristalina risa que llena mis oídos, pero cuando me giro
nunca hay nada. Pero esta vez es diferente. La risa se prolonga, con la dulzura
impregnada. Me giro lentamente, y ella esta de pie, a mi lado. Me mira con sus
hermosos ojos azules, más puros que el cielo, y con su vestido blanco, que como
siempre, se mece por el viento. Me sonríe con paciencia, mientras ladea un poco
la cabeza, ese gesto que me volvía loco.
-
Vive,
mi amor. Vive. No me dejes morir, pero no mueras por mí. Siempre estaré a tu
lado.
No puedo contener un sollozo, mientras sus
palabras se graban en mi mente. Parpadeo
un segundo, y ya no está. Pero algo ha cambiado. Sigue estando en el aire, en
la hierba, en el Sol. Me embriaga una sensación nueva, y el miedo en mi
interior desaparece.
Voy a hacerle caso, pues ella siempre tenía
razón y aclaraba mis ideas. Vivir.
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