Las imágenes se mezclan y arremolinan a mi
alrededor. Trato de avanzar, pero no puedo moverme. Intento centrarme en ellas,
una a una. Veo un cielo despejado, con tres pequeños pollitos de mirada
inocente; una niebla densa cubriendo el rostro bañado en llanto de una mujer
joven; tubos, sabanas blancas y dolor; un viento huracanado destrozando un
pequeño balón de fútbol; una laguna calmada, con una barca flotando a la
deriva; una mirada confusa, perdida, buscando desesperadamente algo; la entrada
a una caverna fría y oscura, custodiada por un pequeño perro de peluche; una
sombra, densa y absorbente, cerniéndose sobre un cigarro encendido en un
cenicero negro.
La última imagen termina con aquel remolino de
impresiones. Una silla. De madera sin pulir, con asiento de esparto trenzado.
Esa silla ha espantado al resto de imágenes, y por fin puedo moverme. Esta
sola, en mitad de la nada. Me acerco a ella lentamente, casi con reverencia. Me
siento en ella, y a pesar de no ser especialmente cómoda, algo llena todo mi ser.
Una sensación de calma, de paciencia, inunda mi interior. En el suelo hay un
lapicero y un papel, esperando con paciencia. Ya nada se arremolina a mí
alrededor, ya nada se arremolina en mi mente. Recojo el material, y allí,
sentado en mitad de la nada, comienzo a escribir.
Bienvenidos seáis todos, visitantes. Poneos
cómodos si así os place, y espero que disfrutéis de la estancia. No puedo
prometeros diversión, lamento mucho decirlo. Simplemente puedo prometeros que
compartiré pensamientos, historias, y sucesos de mi vida, que se dice pronto.
No se me dan bien las introducciones, así que concluiré por ahora.
Lamentablemente no puedo ofreceros sillas para sentaros, pues aquí solo hay
una, y es muy especial…
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