Saludos lectores. Hoy quería sentarme en la
silla, pero furtivamente, casi sin que se note, ella apenas se dará cuenta. Es
rato para recordar, pero esta vez no voy a contaros nada triste, no os vayáis a
pensar, la vida tiene muchos matices, pero unos son más sencillos de plasmar
que otros. Vengo a hablaros de libros.
Recuerdo ese primer libro, aquél que me cambió
para siempre. A mis manos llegó, gracias a una compañera de clase, un libro que
deseaba desde hacía mucho tiempo: “Las Crónicas de l Dragonlance”. Un libro de orientación
fantástica, escritura sencilla y directa, y una trama clásica. Un grupo de
héroes batiéndose a capa y espada para vencer al mal. Al abrirlo, no había más
que letras en un papel. Pero no era allí donde se desarrollaba la acción, si no
en mi cabeza. Todos aquellos héroes vivían en mi interior, realizaban sus
proezas justo ante mis ojos. Era yo quien desarrollaba la historia, pero era el
libro quien me decía lo siguiente que iba a ocurrir. Las hojas finalmente se
acabaron, y solo el sonido de la tapa cerrándose era testigo de que allí, en mi
habitación, en el autobús, en el salón de mi casa, se había salvado un mundo,
una damisela había caído en las garras de un dragón, o un valiente caballero
había dado su vida por proteger a los débiles. Desde ese momento, ya no eran
protagonistas de un libro, eran parte de mí.
Tras aquellos intrépidos guerreros, vinieron
muchos más. Héroes o villanos, niños y adultos, medievales, fantásticos,
contemporáneos o futuristas. Todos ellos ocupan mi cabeza, un páramo antes
yermo, gris.
Los libros dejan volar nuestra imaginación,
nos enriquecen por dentro. Las historias que cuentan son siempre diferentes,
incluso aunque la persona que lo lea sea la misma. Y eso me parece algo
maravilloso, al alcance de muy pocas cosas en la vida.
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