Saludos lectores/visitantes/adictos
a las tortugas/despistados que no saben que hacen aquí. Hoy venía a hablaros de
un tema que tampoco va a resultar muy
revelador, pero los días grises dan como resultado pensamientos grises.
Vivimos en una mentira. Desde
pequeños, nos han educado con mentiras, para poder vivirlas y representar el
papel en la particular obra de teatro que es la sociedad. Y todos y cada uno de
nosotros, representamos el nuestro. Somos hipócritas, y me incluyo sin ningún
tipo de remordimiento. Pero parte de la culpa no es nuestra, esta en nuestra
genética arrimarnos al árbol que mas sombra da.
Los Reyes Magos no existen, el
ratoncito Pérez tampoco, ni tampoco Santa Claus. Las mentiras más inocentes
para preservar la inocencia infantil. Las primeras que nos arrebatan. Si bien
la más importante no te la enseñan tus compañeros de reparto, ni los mas sabios
y cercanos. Te dicen que te esfuerces, porque los niños buenos que estudian obtienen
lo que quieren y todo les sonríe. Te dicen que la vida es justa, Dios da a cada
uno lo que se merece, el karma se encargará de equilibrar la balanza. Es la
vida la que se hace cargo de enseñarte la realidad. No te preparan para ello,
no esta escrito en el guión. Pero te sobrepones al revés, limpias los ojos llorosos
y endureces el corazón, pues amigos, el show siempre debe continuar.
Nos preguntan que queremos ser de mayor. Tenemos que ser clasificados
rápidamente, conocer que vías nos prepararán para aportar nuestro granito de
arena al mundo. Podremos ser cualquier cosa que nos propongamos. De nuevo la
vida viene en nuestro auxilio para abrirnos la puerta al desencanto. Serás lo
que el sistema necesite que seas. Vivirás tu vida pensando que estas
realizándote como persona, como ser humano. Nadie dijo que los actores tuvieran
que conocer el guión, ni siquiera saber que están actuando. No es realmente
importante hacer lo que te gusta, el objetivo prioritario es ganar dinero.
Cuanto más dinero, más felicidad.
Debemos ser solidarios, claro. No
podemos permitir la desgracia ajena como personas privilegiadas que somos de
vivir en una sociedad civilizada. Es inadmisible la guerra en África, el hambre
en el mundo. Ponemos sentida cara de pena cuando el tema esta presente, nos
solidarizamos con su situación, e incluso puede que donemos algo de dinero,
nuestro mas preciado tesoro. Después agitaremos la cabeza, nos sacudiremos la
pena, dejando tan solo la satisfacción de ser una buena persona, y seguimos con
nuestra vida.
La mentira más dolorosa es a la vez
la más grande. Esa mentira que nos negamos a reconocer porque supondría el
derrumbamiento de absolutamente todo lo que somos: Somos libres. Podemos
decidir lo que hacemos, decidimos o pensamos. Claro que dentro de unos márgenes
lógicos. Márgenes que nos indica la sociedad mediante leyes o formas de
conducta. Márgenes que entendemos perfectamente porque nos los enseñan nuestros
padres, vecinos, amigos, medios de comunicación, que a su vez lo aprendieron de
otros papeles del reparto. En esencia, todo se remite al mismo punto. La
sociedad nos dice que somos libres, nos marca una forma de pensar en la que
encajar la idea, y nosotros nos lo creemos. Es sencillo. Si dejas de creer que
eres libre, todo lo que sabes, todo en lo que has basado tu vida no tiene
ningún sentido. Y eso no podemos soportarlo, somos alguien en este mundo. Ya
seas una oveja del rebaño que se salvará el día del juicio final o vivirá
eternamente a la derecha del padre, ya obtengas tu Harén al cerrarse el telón,
ya tengas una carrera, un libro, un premio, dinero, amor, éxito. No podemos
haber logrado todo eso por ningún motivo, tiene que ser verdadero.
Hay tantas mentiras, tanta
información que desconocemos, sentimientos tan arraigados a nosotros mismos,
que nos diferencian de otras culturas, obras representaciones teatrales, que
definen la nuestra como la correcta y las demás como falacias, que incluso yo,
que estoy escribiendo sobre el tema, me las termino creyendo. Es mucho más
simple.
La historia, desde las primeras
civilizaciones, es un ciclo. Cambian las caras, cambian los símbolos, los
colores, pero no la esencia. Podríamos hablar de una antigua religión, una
religión que era buena y pacífica, que predicaba bondad y amor. Muchos hombres
se unieron a ella creyendo en su palabra, y pronto se extendió entre la
población. Pero había otros, foráneos, que creían en una religión diferente.
Aquello era incomprensible, pues no tenía lógica, era inferior a la suya.
Algunos expresaron su indignación, fuera a gritos en las calles, fuera en
susurros entre oídos de confianza. Pero los años, décadas, siglos, fueron
pasando. Y con ellos, la bondad y el amor predicados perdían fuerza. Sus
lecciones antes intachables, perdían fuerza ante el avance de un enemigo atroz,
la ciencia. Finalmente esa antigua religión terminó en convertirse en algo
secundario, pues los objetivos del hombre eran otros.
Siempre que una obra termina,
comienza otra. Sea religión, sea cultura, sea sociedad. Los actores nos
mantenemos estoicos en nuestros papeles, pues es mas sencillo interpretarlos
que salir del escenario y encontrarte que no hay público, no hay apuntador, no
hay guión.
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