Era
una noche de cielo despejado, con la luna llena brillando en lo alto de un
firmamento estrellado. Una figura solitaria se movía, tambaleante, en dirección
a un callejón de la ciudad. La luna reveló con su brillo apagado un rostro
demacrado, barba desigual de dos semanas, pelo largo y enmarañado, ojos negros
y cansados, una cara plagada de arrugas, demasiadas para un hombre que ronda la
treintena. Por ropa, unos pantalones de cuero desgastados y sucios, un jubón
marrón que había vivido tiempos mejores, y una capa manchada. Avanzaba con paso
vacilante, botella en mano, sin importarle el ruido de sus pisadas, o los
tumbos contra las paredes de piedra.
Finalmente llegó al callejón, oscuro
y abandonado. Apoyándose en la pared con la espalda, dejó caer su cuerpo
pesadamente sobre el suelo, con un ligero gruñido de dolor. Levantó la cabeza,
mirando al frente, pero sus vidriosos ojos estaban perdidos en su propio mundo.
Era de día, con un sol radiante que
iluminaba la mañana con su cálido abrazo. La aldea se despertaba entre bostezos
y ruidos somnolientos. El pequeño poblado
estaba rodeado de cultivos, fuente de sustento de todos sus habitantes.
Pronto, todos estarían llenos de afanados campesinos preparados para una
jornada más bajo el sol.
El hombre bajó la cabeza para
facilitar a su mano el trabajo de acercar la botella de vino a sus labios. Sus
ojos, llorosos, continuaban mirando hacia un lugar lejano.
Tras ingerir un plato de gachas con
miel, un corpulento hombre, pelo negro a juego con sus ojos, tez tostada por
incontables horas bajo el sol, y una sonrisa permanente cincelada en su rostro,
se levantó de la mesa para dar un sonoro beso a su mujer, una bella mujer de
pelo rubio y exóticos ojos verdes. Sus blancas manos se deslizaron hasta el pelo
del hombre, colocándole una rosa roja, como todos los días, mientras reía. Un
pequeño niño se arremolinaba entre ambos, jugando con su espada de madera
frente a enemigos temibles e invisibles.
Un nuevo trago, mientras las
lágrimas recorrían sin tapujos su rostro. Se escuchó un sollozo desesperado en
la noche, pero no había nadie para escucharlo.
Ocurrió sin más aviso que el fuego.
Los campos ardían acompañados por el sonido de gritos, cascos de caballos al
galope, y sed de sangre. Los aldeanos se armaron con sus aparejos de labranza
frente a enemigos con hachas y espadas. El hombre de pelo negro avanzó decidido
a defender su hogar con una azada en la mano. Vio como los invasores,
implacables, avanzaban quemando casas y matando a sus vecinos. Miró a su hogar,
justo a tiempo para observar a dos guerreros derribando la puerta a hachazos.
Su corazón…
…dio un vuelco una vez más, sentado
en aquella oscura calleja. Su mano izquierda se perdió entre sus destrozadas
prendas, para salir con un puñal viejo pero afilado, mientras volvía a beber.
Ignorando los gritos y golpes a su
alrededor, corrió desesperado hacia su casa. Dentro, su hijo se debatía entre
los brazos de uno de los bárbaros, que no paraba de reír ante los fútiles
esfuerzos del pequeño, mientras su mujer armada con una sartén se defendía como
podía de los ataques del otro asaltante, que peleaba con aire divertido.
Avanzó
para rescatar a su hijo, pero el bárbaro fue más rápido. Dejando inconsciente al cachorro con el mango
de su arma, blandió su espada contra el campesino, que aguanto solo dos
embestidas antes de caer al suelo. Una bota le golpeó una y otra vez hasta
dejarlo ensangrentado, pero no inconsciente, mientas veía a su mujer caer
desarmada y sollozante.
Sus lágrimas en la noche rasgarían
el corazón del más impasible de los hombres, mientras volvía a acercar la
botella a sus labios. Su mano izquierda colocó el puñal delante de su corazón,
y respiró hondo.
En el suelo tendido, sin poder
moverse, fue testigo mudo de la crueldad más absoluta. Pudo ver como rasgaban
las ropas de su mujer, mientras esta gritaba al tiempo que la golpeaban. Pudo
contemplar su rostro, que lo miraba sin reproche, solo con amor. Ningún grito
volvió a salir de la boca de la mujer, mientras sus ojos se centraban en el
hombre al que amaba. Pronto su mirada se apagó bajo el filo de una espada. Y
después, el pequeño niño fue a reunirse
con su madre. Lo ultimo que pudo ver el hombre, allí tendido, después de tanto
horror, fue una espada golpeándole la cabeza, y la oscuridad se tornó absoluta.
La mano que sujetaba la botella cayó
inerte, mientras la daga se estrelló contra el suelo sonoramente. Los sollozos
cesaron, en una inconsciencia bien producida por el alcohol, bien producida por
el dolor.
Y así continuó la noche, iluminada por la
luna, con una figura descansando en un oscuro callejón, mientras una rosa roja
caía del cielo para posarse junto a él…
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